El daño del presidente Donald Trump a las ciencias – 1

Imagen que presenta al presidente Donald Trump entrando furioso a un laboratorio, mientras que, en el fondo, varios científicos lo miran sorprendidos.
Creado con IA (Canva).
  1. Introducción
  2. Cuando se gana con pseudociencia
    1. Negación del calentamiento global y el cambio climático antropogénico
    2. El problema de la pandemia del COVID y la promoción de “remedios alternativos”
    3. Wuhan y Anthony Fauci
    4. Robert F. Kennedy, Jr. y sus intereses políticos
    5. Sector religioso
  3. Referencias

Introducción

Desde el año pasado (2025), los científicos estadounidenses han estado viviendo un genuino calvario a la hora de tratar de investigar, de publicar y de reclutar a nuevos científicos para hacer avanzar las ciencias. ¿Cuán grave es la situación? Bastante. No habían pasado tres meses de la nueva administración cuando la prestigiosa revista Nature realizó una encuesta a sus lectores preguntando si consideraban abandonar los Estados Unidos. Un 75% de 1,600 suscriptores que respondieron que lo haría (Witze 2025).

La “filosofía” política del actual presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump (si se le puede llamar “filosofía”), tiene una mezcolanza de posiciones tradicionalmente asociadas con la derecha política, entremezcladas con cierto grado de nostalgia por el pasado, un antiintelectualismo marcado y egolatría. En la derecha conservadora, aunque hay un movimiento libertario al que no le desagrada la globalización, sí hay un marcado nacionalismo que procura regresar a la época en la que Estados Unidos era un centro de producción y exportación de productos a nivel mundial (e.g., automóviles), mientras los consumía. Con la globalización (ahora en decadencia), la situación se volvió diametralmente opuesta: Las compañías multinacionales y transnacionales se localizan a nivel global según su conveniencia de obtener materia prima, y para ser más eficientes en la producción y ensamblaje, para que los productos lleguen a Estados Unidos para su consumo. No me extenderé sobre las virtudes y defectos de tal estrategia del capital mundial. Basta con indicar que, junto a la Internet, los acuerdos internacionales y el libre flujo de capital, un punto positivo de esa realidad es que, además de normalizar las relaciones entre países, se hizo posible que Estados Unidos se nutriera de cerebros provenientes de naciones lejanas que aportaban mucho a la innovación científica. Asimismo, este esquema permitía hacer mucho material científico e información más asequibles a la comunidad científica en general.

Desgraciadamente, las tendencias antiintelectuales y las teorías de conspiración permean por un sector significativo de la sociedad. Esto suele consolidarse en el espectro político republicano, especialmente el llamado sector MAGA (antes, el movimiento del Tea Party) (Mooney 2005). Sin embargo, como saben mis lectores, eso no significa que el sector extremo de la izquierda demócrata no esté exento de culpa, como discutiré más adelante. Tales posiciones del espectro político en acción son lo que André Comte-Sponville llama “angelismo político“, cuando un ideal político sustituye los procesos y necesidades del orden tecnocientífico, específicamente el orden de las ciencias (Comte-Sponville 2004, 123-126). También hay un elemento de lo que él llama “barbarie liberal“, en la que se le impone al ámbito político una visión particular del capital, prescindiendo del bienestar social (Comte-Sponville 2004, 110-115). Esto se puede ver claramente con la creación de DOGE (las siglas en inglés del Departamento de Eficiencia Gubernamental y también de una criptomoneda meme). Su estatus nunca fue claro a nivel jurídico y político, pero impactó varias instituciones federales desde una visión “ingenua” de la libre empresa y del Estado. Algunas de las movidas de ese departamento tienen que ver directamente con las ciencias. Siguiendo al filósofo Blaise Pascal, Comte-Sponville caracteriza a las “barbaries” y “angelismos” como “ridículos“, es decir, como confusiones de órdenes. Cuando un ridículo se encumbra en el poder, a eso se le llama “tiranía“, algo que caracteriza bastante bien a la presente administración (Comte-Sponville 2004, 104-109).

La visión “conservadora” promovida por la Casa Blanca quiere regresar a un pasado inexistente de cuando hubo marcada prosperidad bajo un sistema regulatorio arancelario. Como sabe cualquier economista desde tiempos de A. C. Pigou, los impuestos desalientan aquella actividad a la que se aplican. Es decir, son un impedimento para el libre comercio. La aplicación azarosa de esta política arancelaria contribuye a la desaceleración económica. También, la deportación de inmigrantes, mayormente legales y con los debidos permisos, y el recorte arbitrario a los fondos asignados a las universidades e instituciones de investigación públicas y privadas para fines investigativos y científicos, ha sido un golpe contundente. Esto ha afectado el estatus de Estados Unidos como la potencia científica más preeminente y respetada del mundo.

Una parte crucial de ello tiene que ver con áreas de las ciencias que el presidente Trump –y muchos de sus correligionarios MAGA– consideran “woke” o producto de la política de equidad conocida como DEI (diversidad, equidad, inclusión). No obstante, como veremos, esta es solo la excusa. Asimismo, está en la mente de muchos norteamericanos conservadores el célebre dogma de fe de que “el gobierno es el problema” y, por ende, la respuesta a la “ineficiencia” gubernamental era recortar fondos. Esto fue lo que DOGE llevó a cabo bajo el mandato de un billonario que realizó gestos que cayeron bien en sectores supremacistas blancos, y que apoya a un partido político heredero del extremismo nacionalista alemán, describiéndolo como una esperanza para Alemania. Muchos de estos recortes no solamente afectaron áreas de genuina innovación que harían a Estados Unidos a la vanguardia de las ciencias a nivel global. Lo mismo ocurrió para aquellos dedicados a proveer a otros países ayudas que necesitan para impedir la diseminación de enfermedades y epidemias. Es probable que la desafiliación de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la terminación de fondos de USAID hayan tenido como consecuencia un brote de ébola en semanas recientes (algo que va en aumento).

En esta serie expondremos muchos de estos daños a estas instituciones científicas. No seré exhaustivo, dado que todos los días a menudo surge algo nuevo y hacer un listado completo del desmantelamiento de la ciencia estadounidense es complicado. No obstante, espero que esto pueda servir de referencia para el futuro.

Comenzamos con los antecedentes.

Cuando se gana con pseudociencia

El presidente Donald Trump con un sombrero de aluminio en la cabeza.
Creado con IA (Canva).

El presidente Trump fue el candidato ganador en el 2024 por un número de factores. La inflación y el encarecimiento del combustible y los alimentos, así como la gestión sanitaria, hicieron que la población estadounidense siguiera el mismo patrón observado en democracias donde, por insatisfacción, se eligió a opositores del gobernante. (¡Qué dirían ahora!) Sin embargo, de lo que no hay duda es que la reacción adversa a toda la política sanitaria del COVID-19 jugó un rol crucial. Debido a que esta política estaba asociada a la OMS, a las autoridades sanitarias locales y mundiales, entre otras, hubo una continua sospecha en torno a la manera en que se implementó. Asimismo, el requerimiento de la vacunación como condición para entrar en cualquier lugar, estudiar en una escuela o ejercer un oficio disgustó a gran parte de la población.

Veamos con atención algunos de los factores descritos que condujeron a que Donald Trump volviera al poder.

Negación del calentamiento global y el cambio climático antropogénico

Es de todos conocido que el presidente Trump ha explotado el desprecio de cierto sector a la energía renovable y su favorecimiento por los combustibles fósiles. Recordemos su motto: “Drill, baby. Drill!” En este blog, hemos documentado el comentario del pres. Trump se refirió al cambio climático como una broma pesada (hoax) de los chinos. Esto lo ha afirmado en numerosas ocasiones, muy a pesar del consenso abrumador de más del 99% de lo publicado en revistas científicas arbitradas al respecto (Lynas, Houlton y Perry 2021).

Durante su primer término, el pres. Trump se retiró del Acuerdo de París. Con ello, se esfumó el compromiso logrado por el pres. Barack Obama, quien comprometió a Estados Unidos a reducir un 26% de las emisiones de gases de invernadero para 2025.

El problema de la pandemia del COVID y la promoción de “remedios alternativos”

Al comienzo, el presidente Trump le dio mucho mayor peso a las sugerencias de la OMS que en la actualidad, cuando se desató la pandemia del COVID-19. Sin embargo, para finales de su primer término, en julio de 2020, él ya había firmado su decisión de retirar a EE. UU. de la OMS debido a su “manejo” de la pandemia. Esta decisión fue anulada por el presidente Biden cuando llegó a la Casa Blanca en el 2021. Además, todavía persiste en la memoria de muchos la recomendación pseudomédica de la hidroxicloroquina para lidiar con el coronavirus, una medida que sencillamente no funciona para eso (Egbuna et al. 2022; Saag 2020).

Más tarde, grupos relacionados con los antivacunas y que apoyan a MAGA empezaron a promover el uso de la ivermectina, basándose en algunos estudios en laboratorio in vitro (Coly et al. 2020, Ketkar et al. 2019). Esto se volvió popular, a pesar de las dudas expresadas por la comunidad científica. Pruebas de control aleatorio mostraron que la ivermectina no conllevó mejora alguna en pacientes de COVID-19 cuando se administraba en dosis seguras para el cuerpo humano (Harris y Adalja 2023; Naggie, Boulware y Lindsell 2022). El mismo Donald Trump, durante el cuatrienio en el que no era presidente, 2021 y 2024, irresponsablemente favoreció que la gente fuera libre de consumirla si quería. Actualmente, este tipo de promociones entre grupos de la medicina alternativa llevó a que gente se enfermara o muriera de sobredosis en su afán de curarse del COVID-19 u otras enfermedades (Campillio y Faillie 2022).

Wuhan y Anthony Fauci

Fotografía de Anthony Fauci (2023).
Fotografía de Anthony Fauci (2023). Foto cortesía de
Christopher Michel. Licencia CC-BY-SA 4.0 Int

Durante el periodo fuera de la presidencia, también Donald Trump se comprometió con varias medidas. Una de ellas era la de investigar a Anthony Fauci, el entonces director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de los Estados Unidos, segundo asesor médico del presidente (2021-2022) y humanista secular (no es un puesto, pero por humanismo, me interesa mencionarlo). Desde la derecha conservadora reaccionaria, se cuestionaron las acciones de Fauci. Las administraciones de Trump y Biden tomaron medidas que penalizaban a las personas que salían e interactuaban sin las debidas precauciones. También penalizaban a los negocios que abrían sin las medidas de vigilancia necesarias. Actualmente, sabemos que el distanciamiento social, el uso de las máscaras y la vacunación salvaron vidas (Atkenson y Kissler 2024; Floriano et al. 2023; Mellis 2022; Ruhm 2024). Incluso, el Fondo Monetario Internacional, que representa al sector del capital, que fue gravemente afectado por la pandemia y sufrió muchas pérdidas, reconoce que este es el caso. Hoy día, Fauci reconoce que cometió errores en el camino, especialmente a la luz de lo que se desprende de la publicación de sus correos electrónicos (usualmente sacados de contexto y mal entendidos), aun cuando obraba de buena fe (Greenberg 2021).

Eso no calmó a los sectores más conspiranoicos; comenzaron a diseminar la idea de que toda la pandemia fue “planificada” para aumentar los poderes gubernamentales y reprimir al público. Mucha gente sospechó que el virus que supuestamente salió del mercado de Huanan en Wuhan, en realidad provenía de un laboratorio que estudiaba el coronavirus de varias especies de animales. El público llegó a pensar que el argumento de que el virus provenía del mercado ocultaba su “verdadero” origen: ese centro de investigación, desde donde supuestamente el virus se habría “escapado” al exterior. A pesar de esto, estudios genéticos han demostrado que muy probablemente el virus del COVID-19 no proviene del laboratorio (Andersen et al. 2020). Y la evidencia sugiere que su origen es, de hecho, el mercado de animales y que provenía de alguno de ellos (Ma 2020; Pekar et al. 2020; Worobey et al. 2022). Inicialmente, se pensaba que el virus podía provenir de la venta de murciélagos, pero se ha acumulado evidencia de que el animal infectado en que la enfermedad pasó a los seres humanos pudo haber sido un mapache (Crits et al., 2024).

Desgraciadamente, la prensa no dio la debida atención a estos estudios, excepto en canales y portales divulgativos de las ciencias, que suelen ser poco leídos o vistos. Es más, muchos libros decían haber “revelado” la “verdad” de Wuhan y que los organismos científicos a nivel global estaban mintiendo (e.g., Huff 2022). Parte de la razón de la desconfianza es que China no ha provisto todavía todos los datos pertinentes en torno a la epidemia. De hecho, es posible que hubiera algún “coladero” del virus, pero, dados estos estudios y la evidencia disponible, la probabilidad de que esto haya ocurrido es mínima.

Como reacción irracional a las recomendaciones de la OMS y las diversas maneras en que se implementaron las políticas de sanidad y distanciamiento social, la extrema derecha quería que se investigara al Dr. Fauci, acusándole de toda una serie de delitos. El perdón presidencial otorgado por el presidente Joe Biden sirvió para echarle más gasolina al fuego conspiranoico. Sin embargo, hubo un motivo razonable por parte del mandatario: el miedo de que Donald Trump y los grupos MAGA hundieran a Fauci en una serie de demandas frívolas e investigaciones por parte del Departamento de Justicia bajo la nueva administración.

A raíz de lo que hemos visto, de demandas a “ofensores” del actual presidente, parece que Biden estaba en lo cierto (Zick 2025).

Robert F. Kennedy, Jr. y sus intereses políticos

Foto de Robert F. Kennedy, Jr.
Fotografía de Robert F. Kennedy, Jr. Cortesía del Departamento de Agricultura de los EE. UU.

Hemos hablado en este blog en numerosas ocasiones sobre Robert F. Kennedy, Jr., especialmente en cuanto a su complicidad en crear un movimiento antivacunas en los Estados Unidos, diseminando la falsa convicción de que está ligado al aumento del trastorno de espectro autista (TEA). Es más, durante su primer término, el presidente Trump le había pedido a Kennedy que investigara un caso de probable vínculo entre la vacuna triplevírica y el TEA. Para comienzos de la década del 2020, Kennedy fue uno de esos agentes que dedicó toda una campaña contra el Dr. Fauci, donde esencialmente le acusó de ser responsable de la pandemia (Kennedy 2021; para una respuesta, aunque no comprensiva, véase Burke 2024).

Actualmente, el sector de la izquierda –por razones políticas— se rasga las vestiduras contra Kennedy. No obstante, durante muchas décadas, incluso durante el periodo de la primera presidencia de Trump, respaldaba a Kennedy por ser un destacado ambientalista. Recordemos que él históricamente se ha opuesto a la energía nuclear como convicción personal (aunque lo niegue). Tampoco olvidemos que él fue una de las cabezas detrás de las demandas contra Monsanto debido al producto Roundup, ya que se había ganado millones de dólares con esa movida anticientífica. A pesar de que la mayoría de los científicos, apoyados en experimentos rigurosos, datos recopilados, informes de salud rigurosos y estudios detallados, decían que no había evidencia de que el glifosato causara cáncer, le siguieron el juego por razones puramente políticas. Y por ese mismo motivo, sabiendo que él era antivacunas, muchos miraron al otro lado y le hicieron portavoz de ciertos sectores progresistas del Partido Demócrata. Pues, irónicamente, fue la izquierda la que “creó el monstruo” que ahora lamenta. De hecho, antes de unir su causa a la de Donald Trump, durante la campaña política en el 2023, él se había postulado en primarias para ser candidato a la presidencia por el Partido Demócrata. Cuando hubo discrepancias con todo el proceso, se hizo candidato independiente tras reunirse con el Partido Libertario. Y, finalmente, después de una invitación de Donald Trump, decidió apoyar a ese candidato MAGA republicano.

Nada más con ese tipo de respaldo, ya se preveía (al menos, yo pronosticaba) el modo de administración que iba a ser el presidente Trump en su segundo término en relación con las ciencias y las universidades en general.

Sector religioso

Donald Trump presentando la Biblia en St. John's Church.
Donald Trump presentando la Biblia en St. John’s Church. Foto cortesía de la Casa Blanca en Estados Unidos.

Además de lo anterior, Donald Trump estableció una coalición con grupos religiosos ultraconservadores y fundamentalistas para triunfar en las elecciones. Los números indicaban en esa época que muchos de ellos favorecían más a Trump que al entonces candidato Biden (Pew Research 2024). Igual ocurrió cuando este último decidió abandonar la candidatura, siendo reemplazado por la vicepresidenta Kamala Harris. Es más, es notable que hubo mayor diversidad racial y de género en este caso específico para votar por el partido republicano (Hartig et al. 2025).

Una de las cosas que inquietaba a los religiosos era lo que ellos llamaban “una crisis de valores”. Una mayoría significativa de los votantes de Trump (69%) quería que al menos algunas de las leyes de Estados Unidos se basaran en la Biblia y el 59% deseaba que se promovieran valores cristianos. No solo él se comprometió con favorecer el cristianismo y darle acceso libre al gobierno federal, sino que también dijo en una iglesia que “arreglaría” el factor electoral para que nadie tuviera que volver a votar por el presidente.

Vale mencionar que, en la mente de muchos, además de lo anterior, entre los sectores religiosos más conservadores, cundió el temor por aquellos niños que supuestamente “estaban siendo forzados” por los padres y la comunidad médica a transicionarlos al sexo opuesto como parte de lo que llaman “la ideología trans”. Por lo general, rechazan la idea común en la medicina de diferenciar entre género y sexo, así como el concepto de espectro de género, y que el sexo biológico humano sea bimodal o un fenómeno más complicado que la visión binaria (Štrkalj y Pather 2021). Asimismo, creen que la forma de manejar casos de disforia de género en niños incluye cirugías permanentes como parte del cuidado de afirmación de género, aunque eso es algo que la medicina en general rechaza actualmente. Y aun en casos que no involucran cirugías, tienen preocupaciones en torno al empleo de bloqueadores puberales, las terapias con hormonas y sus efectos no deseados. Esto último es un aspecto que se debate entre los médicos y, hoy día, hay estándares de ética para lidiar con estos detalles de la transición de los jóvenes.

Para muchos de estos religiosos conservadores, esto les añade más dudas a las ciencias, y creen que los científicos que sostienen este tipo de visión han caído en la llamada “ideología woke” y que se difunde en las universidades, junto al DEI. Algunos, además, asocian indebidamente estas medidas de transición de sexo con la evolución darwiniana y la falta de soporte de valores de “la ciencia atea”.

En el ámbito público en general, y en el de los no creyentes en particular, también hay personas que sostienen una variedad de opiniones en relación con el tema de la transición de sexo, especialmente en el caso de los niños. Por el momento, lo que deseo enfatizar es que estos han sido factores cruciales para las políticas trumpistas y su efecto sobre las ciencias en los Estados Unidos.

En la siguiente parte de esta serie, expondremos muchos de los daños hechos por la administración Trump en relación con las ciencias en el año y medio que lleva en el poder.

Referencias

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Atkinson, Andrew y Stephen Kissler. 2024. “The Impact of Vaccines and Behavior on US Cumulative Deaths from COVID-19”. Brookings Papers on Economic Activity (primavera): 67–112.

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Campillo, Jeremy T. y Jean-Luc Faillie. 2022. “Letter to the Editor: Adverse Drug Reactions Associated with Ivermectin Use for COVID-19 Reported in the World Health Organization’s Pharmacovigilance Database”. Therapies 77, núm. 6 (20 de abril): 747–749. https://doi.org/10.1016/j.therap.2022.03.002.

Crits-Christoph A., et al. 2024. “Genetic Tracing of Market Wildlife and Viruses at the Epicenter of the COVID-19 Pandemic”. Cell 187, núm. 19 (19 de septiembre): 5468-5482.e11. https://doi.org/10.1016/j.cell.2024.08.010.

Coly, Leon et al. 2020. “The FDA-Approved Drug Ivermectin Inhibits the Replication of SARS-CoV-2 In Vitro“. Antiviral Research 178 (junio): 104787. https://doi.org/10.1016/j.antiviral.2020.104787.

Comte-Sponville, André. 2004. El capitalismo, ¿es moral? Ediciones Paidós.

Egbuna, Chukwuebuka, et al. 2022. “Myth Surrounding the FDA Disapproval of Hydroxychloroquine Sulfate and Chloroquine Phosphate as Drugs for Coronavirus Disease 2019”. Coronavirus Drug Discovery (junio): 153-168. https://doi.org/10.1016/B978-0-323-85156-5.00002-X.

Floriano, Idevaldo, et al. 2023. “Effectiveness of Wearing Masks During the COVID-19 Outbreak in Cohort and Case-Control Studies: A Systematic Review and Meta-Analysis”. Journal Brasileiro de Pneumologia 49, núm. 6 (6 de diciembre): https://doi.org/10.36416/1806-3756/e20230003.

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Harris, Gavin H. y Amesh A. Adalja, 2023. “Innovative Approaches to COVID-19 Medical Countermeasure Development”. Journal of Antimicrobial Chemotherapy 78, supl. 2 (noviembre): ii18–ii24. https://doi.org/10.1093/jac/dkad312.

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