Recientemente, en el grupo de Reconstructores, el querido amigo de Torá en el Yardén, Andrés Acevedo, llamó la atención a un vídeo reciente publicado por Juanjo Fantoso titulado “El monoteísmo bíblico no existe”. Lo vi, y quedé maravillado de la detallada y excelente exposición. Aquí pueden verlo.
No puedo sino sentirme muy emocionado al ver esta explicación, ya que esto es algo que he estado diciéndole a muchos de mis seguidores y a muchos expositores por años: no existe el monoteísmo en la Biblia. Tanto en la Biblia Hebrea (Antiguo Testamento) como en el Nuevo Testamento, se da por hecho la existencia de otros dioses que no son Yahveh.
Como ustedes saben, no suelo utilizar el blog para presentar otros vídeos que no tengan que ver con mis actividades; pero haré esta excepción porque me parece uno muy significativo. Me duele cada vez que escucho a académicos destacados o a excelentes expositores hablar del “monoteísmo”, al menos después del regreso del exilio de Babilonia o desde la época persa de Yehud.
Esto es incorrecto. Ni tan siquiera en la época de Jesús y de Pablo tenemos evidencia de monoteísmo, sino de un megateísmo (mi perspectiva), y que aquí Fantoso explica muy bien. También sigo la perspectiva de Paula Fredriksen, que el mensaje de Pablo se entiende mejor dentro de un “messy monotheism” en el que los dioses forman grupos familiares con los seres humanos, no solo por línea sanguínea, sino también por adopción, y se relacionaban mediante un vínculo de pistis o fides. Ver su libro Pablo el judío: Apóstol de los paganos.
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Algunos otros datos que Fantoso no menciona, pero que abonan a su tesis.
Hay pasajes en donde los astros aparecen también como dioses de otras naciones.
Y no sea que, alzando al cielo tus ojos y viendo el sol, la luna y las estrellas, todo el cortejo celeste, te dejes seducir y te prosternes ante ellos y les des culto; siendo que Yahveh, tu dios, los ha distribuido entre todos los pueblos de bajo los cielos todos. Mas a ustedes los tomó Yahveh y los sacó del horno de hierro de Egipto, para que vinieran a ser para el pueblo de su herencia, como en este día (Deuteronomio 4.19-20; versión Cantera-Iglesias, mi modificación y énfasis).
También hay un episodio en el que David tiene que salir de un territorio porque, si no, estaría forzado a rendirle culto. Mientras Saúl perseguía a David, este le dijo:
“¿Por qué persigue mi señor a su servidor? Pues ¿qué he hecho ni qué hay de malo en mi mano? Ahora bien, ¡dígnese escuchar el rey, mi señor, las palabras de su servidor! Si es Yahveh quien te ha incitado contra mí, respire [aplacado] el olor de una ofrenda; pero si son los hombres, ¡malditos sean ante Yahveh!, pues me han desterrado hoy, privándome de participar en la heredad de Yahveh, al decir: ¡Vete a servir a otros dioses! Ahora, pues, no caiga por tierra mi sangre lejos de la presencia de Yahveh, ya que ha salido el rey de Israel en persecución de una pulga como se persigue la perdiz en los montes (1 Samuel 26.18-20, mi énfasis).
Añade la Biblia de Jerusalén (4ta. ed.) en una nota al calce en relación con este pasaje:
Tan estrechamente estaba unido Yahvé con la tierra de Israel, su “heredad”, que no se creía posible honrarle en el extranjero donde reinaban otros dioses.
En otras palabras, este pasaje es consecuente con el hecho de que Yahveh solo gobernaba en “su porción”, no en otros territorios, cuyos gobernantes supremos eran otros dioses.
