Por qué no tomo TAN en serio las teorías convencionales de la economía

Introducción

Economistas discutiendo entre sí

Recientemente, en el foro de Reconstructores, me comprometí a exponer por qué el gobierno de Javier Milei no ha brindado el tipo de frutos que son reportados en la prensa; que el susodicho “milagro” del gobernante argentino no es tal, al menos como lo presenta la prensa. Por supuesto, mi primera preocupación concernía la adopción de un marco económico para entender los datos de ese país lo mejor posible, para hacer la exposición lo más responsable posible. No soy economista, ni fui formado en esa disciplina, y bastante de mis opiniones económicas dependen, en última instancia, de los mejores profesionales que respeto. Evito, en la medida de lo posible, dejarme llevar por mis prejuicios ideológicos y busco las explicaciones que mejor se ajustan a la evidencia disponible. También por una labor que asumí hace dos años, quería explorar desde la economía cuáles alternativas económicas eran viables para el desarrollo económico de Puerto Rico dentro de su realidad colonial.

Eso me ha llevado a investigar bastante en corto tiempo al respecto para observar cómo se dan los debates entre economistas. Lamentablemente, en las redes sociales, típicamente los debates se dan entre posiciones de polos extremos. Por ejemplo, se dan debates entre el extremo libertario de Juan Ramón Rallo y el otro que es el extremo comunista poskeynesiano de Eduardo Garzón. Aunque, en cierta medida, aprendo de los dos, es desalentador que no haya mucha exposición de perspectivas neoclásicas o neokeynesianas. Lo único que puedo decir que es novel para mí de este proceso es conocer la teoría monetaria moderna (TMM), que encuentro muy coherente y bastante lógica, pero, simultáneamente, muy contraintuitiva. El libro de Garzón me ha ayudado bastante a comprender esta posición, pero aún la intento evaluar críticamente dentro de mis limitaciones intelectuales.

Por el momento, me “suscribo”*** (así, entre comillas y asteriscos) al marco neokeynesiano, por las siguientes razones:

  1. Porque es la adoptada por la mayoría de los economistas a nivel mundial, aun cuando, dentro de sus respectivas perspectivas, discrepan significativamente. Los mismos neokeynesianos reconocen ese hecho cuando afirman que el modelo no es verdadero, “pero es útil”. Paradójicamente, aun con eso, algunos economistas llegaron a admitir que la macroeconomía neokeynesiana todavía no ha alcanzado un grado de madurez para ser útil para el análisis de política pública desde la macroeconomía (Chari et al., 2009).
  2. Porque, dentro de ese marco, encuentro que el neokeynesianismo parece ser lo que mejor se adapta a la evidencia disponible. Además, es la teoría macroeconómica neoclásica que más domina en la academia.
  3. Porque no soy economista, no sé de tanta economía como realmente me gustaría para “llevar la contraria” y, al menos a nivel profesional, debo conceder mayor autoridad a la opinión mayoritaria de un campo ajeno.

De entre las posiciones llamadas “heterodoxas”, no adopto la posición de la escuela austriaca porque falla abismalmente de maneras cruciales, y está ideológicamente condicionada. No niego que, entre sus filas, hay gente que respeto y cuya inteligencia admiro, pero sus defectos se deben principalmente a que los economistas que la favorecen están ideológicamente comprometidos. Simpatizo con las economías ecológicas, pero no son realistas y están altamente ideologizadas. En el ámbito poskeynesiano, allí radican mis mayores simpatías, pero aun con ellas no estoy conforme. La posición “heterodoxa” con la que me siento más cerca en cuanto a la descripción de la dinámica monetaria es la TMM. Espero escribir sobre eso en algún otro momento.

Aun así, tengo razones de peso, con evidencia empírica, para saber que ese marco neokeynesiano debe estar errado en muchos aspectos. Como escéptico, en cuanto al ámbito microeconómico, me siento más afín al sector de economía conductual que a ninguna escuela en particular. ¿Por qué? Porque son los que están llevando a cabo la labor empírica microeconómica de observar cómo la gente toma decisiones tanto individuales como colectivas. En mi inexperta opinión (al menos en economía), pero desde la filosofía de las ciencias, esta debería ser la manera de ir construyendo teorías económicas que tengan mayor valor predictivo y validación.

Ejemplo: Una mirada popperiana a Marx

Los libros de Karl Popper, "Conjeturas y refutaciones", "La sociedad abierta y sus enemigos" y "La miseria del historicismo"

Pensemos, por ejemplo, en Karl Popper y su crítica al marxismo. Evidentemente, bastantes de la obra de Marx es valiosa para entender el capitalismo. A menudo recomiendo a cualquiera leer El Capital, aunque siempre aconsejo no quedarse con esa obra, sino consultar otras. Asimismo, la teoría marxiana materialista de la historia ha sido una aportación a la discusión de la historiografía moderna. Aunque muchos historiadores ya no la toman tan en serio y se puede prescindir de ella en muchos casos, a veces tiene valor heurístico para explicar acontecimientos históricos que no tienen sentido en otros marcos teóricos. Aun así, cuando Marx “se metió a pitoniso” y se puso a predecir el futuro, vimos por la historia cómo discreparon los acontecimientos de dicha “profecía”; podemos asegurar con toda confianza que la concepción materialista de la historia, al menos como instrumento de predicción, ha sido falsada por los acontecimientos del pasado.

Mi antiguo mentor, Guillermo E. Rosado Haddock, también, en su momento, desarrolló sus críticas al marxismo. Con base popperiana, destacó a “dos Marx”: uno que veía la historia como unívocamente determinada por las condiciones materiales (económicas) de la historia; un segundo, más sensato, que hablaba de la relación dialéctica entre la subestructura (la economía) y la superestructura (la infraestructura cultural dominante). Esta puede afectar a aquella de formas significativas, pero, “en última instancia”, la economía prevalece en la historia “en general”. En cuanto a la primera posición, como indiqué, ha sido falsada por la historia. Respecto a la segunda, esta es una generalidad que diluye el valor predictivo de la teoría. Cuanto más se recurra a ella a la hora de explicar contrainstancias en las que la economía no determina la superestructura, sino a la inversa, la concepción materialista de la historia se vuelve cada vez más “metafísica” (en el sentido popperiano del término). Y mientras más los marxistas busquen razones por las que no se cumplieron las “profecías marxianas”, y postulen más hipótesis ad hoc, más empeoran la situación. De esta manera, el sueño marxiano se vuelve tan “utópico” como el de los llamados “socialistas utópicos”.

Cómo los sesgos cognitivos ponen en entredicho los supuestos macroeconómicos

Ceerebro humano.
Cerebro humano. Imagen cortesía del Database Center for Life Science (DBCLS). CC-BY-SA 2.1 JP.

Aun con eso, sería falaz decir que el otro extremo del espectro tiene razón. Tanto la izquierda como la derecha ignoran muchos descubrimientos de la economía conductual. Hacen abstracción de los sesgos cognitivos humanos y de nuestras conductas generales en ciertas circunstancias.

Voy a traer a colación otra vez a Marx para ilustrar mi punto. Según el filósofo André Comte-Sponville, el “error de Marx” (término específico que él emplea) fue el de moralizar la economía, es decir, tratar de hacer una que fuera “justa” en el sentido ético del término. Aquí se da una confusión de niveles que no tiene en cuenta la disparidad entre los principios y valores éticos y la funcionalidad de la economía. El mismo Marx nos dice en su obra La ideología alemana que el ser humano es fundamentalmente egoísta, algo que se afirma desde los clásicos hasta la escuela austriaca y más allá. Es correcto. El ser humano es, por naturaleza, egoísta; es el instinto natural relacionado con la supervivencia de nuestra especie, o, como diría Richard Dawkins, de los “genes” que nos utilizan como vehículo. Todos los estudios empíricos de los seres humanos constatan nuestros impulsos egoístas en general. A pesar de ello, Marx pretende que en algún futuro, después de la revolución proletaria, se establecería una llamada “dictadura del proletariado” que socializaría los medios de producción social para que pasaran a aquellos que producen el plusvalor, el proletariado. Así, a medida que pasara el tiempo, se iría disolviendo el estado y terminaría todo en un “comunismo”, es decir, en una sociedad sin clases y sin estado político. ¿Cómo pretendía Marx que un ser humano, egoísta, “milagrosamente” dejara de serlo para que diera una sociedad de esa naturaleza? Pues, sencillamente, no podrían serlo. Subestimó el factor del egoísmo humano. Lenin reconceptuó la dictadura del proletariado bajo un partido único representante de los proletarios en una Rusia marxista-leninista y persiguió a aquellos que se opusieran al nuevo régimen. ¡Y no hablemos de Stalin y su brutal represión de la población y de la persecución de sus opositores!

Por otro lado, hay propuestas clásicas, neoclásicas y libertarias (muy influenciadas por la escuela austriaca), entre otras, que admiten el hecho del egoísmo humano, además de las fallas claras del modelo marxista-leninista y de algunos modelos socialistas. No obstante, frecuentemente cae en el error opuesto al marxiano. Marx quería moralizar la economía, pero la derecha libertaria comete el error del “becerro de oro” (nos dice Comte-Sponville): el de identificar los principios éticos con los intereses del capital. Esto desemboca también en gobiernos dictatoriales. Recuerden la experiencia que se tuvo con los Chicago Boys y su promoción de diversas dictaduras en América Latina en el siglo XX en aras de la libertad (¿?) económica. Con todas mis críticas a Naomi Klein, ella lo ha expuesto mejor en su libro sobre la doctrina del shock. Hay otro problema que los libertarios no tienen en cuenta. Tanto ellos como muchos neoclásicos parten de una serie de premisas:

  1. Que el público está debidamente informado.
  2. Que una persona informada usualmente tomará la mejor decisión para su propio interés.
  3. Que estas decisiones son usualmente racionales.
  4. Que los mercados son competitivos.
  5. Que la competencia, en la mayoría de las ocasiones, conllevará el mejor bienestar del colectivo.

Como escéptico militante que he estado en estos afanes por años, puedo asegurar que la premisa número 1 es falsa. Mucha gente está muy mal informada y toma muy malas decisiones. Dado el fenómeno de lo que llamaba el teólogo Hans Küng, el “smog” informático, y gracias a las redes sociales, sobreabunda más la información errónea que la buena. Sin embargo, lo que han desarrollado dichos economistas es lo que se conoce como “modelos de elección racional”. ¿Qué han encontrado? Bueno, lo resumo con unas afirmaciones de Amos Tversky, de la Universidad de Stanford: “Mis colegas, ellos estudian la inteligencia artificial. ¿Yo? Estudio la estupidez natural” (Frank 2011, ix). Y vale indicar que, en muchas ocasiones, no hace diferencia alguna si las personas están mal informadas o bien informadas.

Entre los economistas conductuales, se utiliza la teoría de juegos como un mecanismo para explorar las diversas maneras en las que los seres humanos tomamos decisiones. Uno de esos juegos se llama “el juego del ultimátum”. Supongamos que tengo dos estudiantes, Juan y Ángela, y le doy a Juan $100 en billetes de $1. Le doy la instrucción de que divida el conjunto entre ambos, pero con una provisión: Juan decide cuánta cantidad va a darle a Ángela; si ella acepta, entonces los dos se pueden quedar con sus billetes correspondientes; pero, si ella rechaza la oferta, Juan me tiene que devolver todo el dinero. He hecho este experimento con mis estudiantes (aunque no con billetes reales) e invariablemente, la decisión que toman es la de dividir los billetes $50-$50. Puede ocurrir que alguno decida $45-$55, $40-$60 o un número parecido. Sin embargo, esto no es lo que predicen los modelos de selección racional. Una vez más, los modelos suponen que Juan y Ángela son perfectos egoístas, y, dado ese supuesto, la predicción es que la división debió haber sido $99-$1 a favor de Juan. ¿Por qué? Porque Juan querría el máximo número de dinero ($99) para su beneficio y Ángela aceptaría porque tener $1 sería mejor que tener $0 (Frank 2011, x). Esto significa que parte de nuestros sesgos cognitivos es nuestra facultad para establecer algún grado de justicia cuando se percibe que alguien gana indebidamente y el otro pierde inmerecidamente. Como demuestran muchos estudios con simios, monos y otros animales no humanos, este sentido de justicia no es exclusivo de los seres humanos (Waal 1996; Waal 1998; Waal 2013). Este sentido de justicia y preocupación natural por el otro explica por qué, cuando los empresarios explotan a sus empleados o se empobrece la mayoría del colectivo para beneficio de unos pocos que han ganado indebidamente, ocurren explosiones sociales y protestas masivas. (¡Y con razón!)

Más aún, como indiqué previamente, los estudios del Premio Nobel Thomas C. Schelling y los de bienes posicionales dentro del contexto competitivo, no siempre la dinámica competitiva brinda el mejor bienestar colectivo. Al contrario, en muchos casos conlleva externalidades negativas (costos sociales). Por ejemplo, la narrativa de Adam Smith es parcialmente correcta: una de las ventajas de la competencia en el sector privado es que ofrece los productos a los más bajos costos posibles, y eso es positivo para la sociedad. No obstante, cuando miramos otros sectores privados, el criterio de competencia no es siempre el del precio más barato. Veamos el siguiente ejemplo del economista Robert H. Frank:

  • Imaginemos un mundo en el que no existen regulaciones de seguridad, de compra y de venta de productos (sí, es pura fantasía, pero síganme en cuanto al razonamiento).
  • Ahora, es un dato que la mayoría de los padres quieren enviar a sus hijos a las mejores escuelas.
  • Algunos empleados pueden ganar lo suficiente como para vivir en una de las mejores casas en un distrito escolar.
  • Los empleos más riesgosos tienden a pagar más: el empresario no tiene que invertir tanto en seguridad, por lo que puede pasar ese dinero al salario; y, para atraer mano de obra dispuesta a ello, necesita pagar más.
  • Los empleados tienen la libertad de negociar su seguridad con sus patronos.

¿Qué tenemos como resultado? Solamente hay tantas de las mejores casas (un recurso escaso) en los mejores distritos escolares (otro recurso escaso); la alta demanda por ello incrementa los precios. Estos padres también competirán para que sus hijos se matriculen en las mejores escuelas, pero solo hay tantos espacios para estudiantes (otro recurso escaso), lo que conlleva un costo de matrícula cada vez más alto. Para lidiar con esos precios, un empleado que desea vivir en esas casas, que quiere pagar la matrícula de sus hijos y (por razón de la competencia) tiene que pagar más cada año, negociará con su patrono para tener menos seguridad, y así recibir un mayor salario. Dado ese panorama, el resultado de la actividad competitiva es el siguiente: costos mucho mayores para vivir en las mejores casas, pagos cada vez más elevados a la matrícula de los hijos y una dinámica laboral cada vez más insegura. Este tipo de competencias que se da entre individuos del sector privado nos lleva, como resultado, el perjuicio del colectivo (Frank 2011, 10).

Esto no es distinto al tipo de decisiones que tomaron equipos de hockey en un experimento que llevó a cabo Thomas Schelling en una ocasión. Al eliminar el requisito de los cascos para los jugadores de hockey, a medida que pasó el tiempo, ambos equipos terminaron quitándoselos. Cuando él les preguntó si debería imponérseles a ambos equipos el requisito de ponerse cascos, ambos equipos fueron unánimes en estar a favor de ello. ¿Tomaron los jugadores un “curso de hipocresía en línea”? No. Lo que ocurrió fue que el criterio primordial (el bien posicional más crucial) era el de ganar un juego. El equipo que decidía no usar los cascos tenía una ventaja competitiva visual y de movimiento sobre su rival. Esto llevaba a que los miembros del otro equipo también se quitaran los cascos para estar a la par en ese contexto. ¿El resultado? Los dos terminaron en una peor situación de seguridad. Y aquí está el detalle: ¿sabían los dos equipos que quitarse el casco era peligroso? Respuesta: sí. Por eso, estuvieron a favor de una regla que les impusiera el uso de los cascos. Sabían que no resolvería el problema con una mera nota en los lóckers que dijera que ponerse los cascos mejoraba su seguridad.

Esto demuestra que, aun cuando todos estén bien informados de los daños de una dinámica competitiva perjudicial para el colectivo, eso puede no ser suficiente para disuadir a la gente de conductas perjudiciales. Cuando colapsó la burbuja inmobiliaria en el 2008, se descubrió que Citi había estado participando, junto a otros, de conductas competitivas en el mercado financiero que llevaron al mundo a una debacle económica de enormes proporciones. Cuando Charles O. Prince III, presidente ejecutivo de Citi, se expresó sobre las prácticas de préstamos predadores en una entrevista para el Financial Times y citado por el Wall Street Journal, dijo: “Cuando la música se detiene, en términos de liquidez, las cosas se van a complicar. Pero, mientras la música esté tocando, tienes que levantarte y bailar. Todavía estamos bailando”.

Y no tiene mucho sentido decir: “La decisión de los jugadores de hockey es colectivista”, “es una solución socialista”, “se presta a una dictadura” o que “fomenta la lucha de clases”. Al contrario, lo que es evidente es que, para que los jugadores tengan mayor libertad para jugar (al menos, de manera mucho más segura), esa limitación se vuelve necesaria. Estos tipos de eslóganes tienen poco que ver con una economía saludable y mucho que ver con puras retóricas para apelar a la vanidad de gente que sobreestima sus capacidades cognitivas a la hora de tomar decisiones (Frank 2004, 133-154).

Igualmente, por razones de competencia por bienes posicionales, se crearon límites y reglamentaciones de seguridad laboral.

Conclusión

Un cuarto de dólar - Una peseta

Lo anterior ilustra por qué se me hace difícil tomar en serio, no solamente las teorías de la escuela austriaca y otras afines, sino también los modelos convencionales de la economía, ya que, desde un punto de vista de estudios experimentales conductuales, fallan enormemente en cuanto a los supuestos convencionales macroeconómicos. Sí, estos son propiamente asuntos de microeconomía, pero tienen evidentes implicaciones para los modelos macroeconómicos. Asimismo, ignorar la evidencia de los estudios conductuales por razones puramente ideológicas, tanto en la izquierda como en la derecha, conduce a costos sociales significativos.

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