En varias ocasiones, en este blog, hemos defendido la historia frente a la pseudohistoria. No importa de dónde venga la pseudohistoria –si de la “derecha” o la “izquierda” o ninguna de las anteriores– siempre es menester corregir lo que alguna gente popularmente alega, y presentar lo más fidedignamente posible lo que los historiadores (especialmente, el consenso de historiadores) sostienen. Claro está, un consenso de la academia no garantiza al 100% que lo que se sostiene efectivamente corresponda a lo ocurrido. No obstante, la historia, como cualquier ciencia, da sus mejores frutos mediante el debate y la evaluación crítica, tanto de los métodos como de la evidencia. No han sido pocos los ateos que me han atacado por sostener el consenso abrumador de la academia, de que es lo más probable que Jesús haya existido. Los fundamentalistas tampoco se quedan atrás cuando escribo sobre el consenso académico que muestra cómo la arqueología sirio-palestina contradice muchas afirmaciones de la Biblia, como la existencia de un éxodo de 1.5 a 2 millones de personas de Egipto al Sinaí. O las imputaciones de parte de ignorantes cuando me acusan de “cristiano” solo porque les digo que los cristianos no quemaron la Biblioteca de Alejandría, o que Giordano Bruno no era científico. Igualmente, he recibido críticas injustificadas por respaldar la labor del historiador y amigo Gerardo A. Hernández Aponte, quien le ha hecho frente a ciertas personas que mucha gente sostiene como “vacas sagradas”, cuyas obras dejan mucho que desear cuando se les pasa por el crisol de la historiografía actual.
Recientemente, se ha publicado un libro sobre la Masacre de Ponce, un incidente de la historia de Puerto Rico en que la policía masacró a varias personas en una actividad del Partido Nacionalista el día de Domingo de Ramos (21 de marzo) de 1937. Este libro de José A. Torres Ramírez se titula La tragedia del Domingo de Ramos: un estudio de la Masacre de Ponce basado en la evidencia. Me topé con el anuncio del libro y un comentario al respecto durante este verano, y me interesaba leerlo, pero no tenía en el momento la oportunidad de comprarlo. (Nota: todavía no lo he comprado ni leído, pero espero hacerlo en algún momento). Un comentario sobre él resaltaba el “hecho” de que el líder del Partido Nacionalista, Pedro Albizu Campos, era fascista. Esta es una tesis muy conocida, que se ha diseminado en gran medida por el libro de Luis A. Ferrao, Pedro Albizu Campos y el nacionalismo puertorriqueño. Esto me hizo levantar una ceja escéptica, porque al menos dos obras que he leído han refutado esa posición. La primera es la titulada Pedro Albizu Campos: ¿conservador, fascista o revolucionario? del Taller de Formación Política. En ella, pone en tela de juicio la interpretación histórica de Ferrao, su metodología y resalta ciertas evidencias omitidas en la discusión que apuntan en sentido contrario, es decir, que Albizu no era fascista. La segunda es la tesis del amigo e historiador José Manuel Dávila Marichal titulada “Organizando la revolución: El Ejército Libertador del Partido Nacionalista de Puerto Rico y la Insurrección Nacionalista de 1950“. Este escrito sirvió de base para algunas de sus obras, tales como Pedro Albizu Campos y el Ejército Libertador del Partido Nacionalista de Puerto Rico y ¡Viva la República! Pedro Albizu Campos y la insurrección nacionalista. En la tesis, dedica una sección del primer capítulo al estatus historiográfico de la posición de que Albizu era fascista. Argumenta de manera convincente que esto se fundamenta en una serie de errores históricos y una mala interpretación de los datos, además de dejar de lado cierta documentación y testimonios importantes para cualquier análisis histórico del movimiento nacionalista puertorriqueño. Aunque no estoy metido en el mundo de la historiografía albizuísta, de mi parte, di por muerto el supuesto “fascismo de Albizu”. Así que pueden entender mi escepticismo cuando vi en el comentario que Torres reiteraba el supuesto “albizuísmo” o “nacionalismo fascista”.
Por supuesto, no estoy en contra de que se reitere esa posición, o que se contradiga el consenso histórico en torno a las acciones de la policía y los testimonios dados sobre el acontecimiento… siempre y cuando se fundamenten en evidencia debidamente cualificada. Además, si se quiere cuestionar la historia anterior sobre la Masacre, es fundamental discutirla y señalar las objeciones relevantes sobre la calidad de la evidencia, posibles omisiones u otros errores que a veces pudieron haber cometido obras previas sobre el tema.
Como ya he indicado, no he leído el libro. Por ende, no me toca criticarlo aquí. Sin embargo, Dávila Marichal ha publicado una devastadora reseña del libro de Torres, así que la comparto con ustedes. Por mi parte, me limito a decir que la tesis de que Albizu o el nacionalismo albizuista era fascista es una “tesis zombi” que, aparentemente, por razones ideológicas, se niega a descansar en paz.
