Comentario a un reciente libro sobre Celestina Cordero Molina

Portada "El entorno educativo e historiográfico de Celestina Cordero Molina"
Portada de El entorno educativo e historiográfico de Celestina Cordero Molina de Gerardo Alberto Hernández Aponte.

Contrario a la mayoría de los puertorriqueños que acaban de enterarse de la existencia del libro, El entorno educativo e historiográfico de Celestina Cordero Molina, he sido uno de los pocos afortunados de saber de él y del libro que publicó simultáneamente con este, Rafael Cordero Molina: La construcción de un prócer negro en Puerto Rico durante la segunda mitad del siglo XIX. Tanto tiempo tardó en publicar sus obras sobre ambas figuras, que, cada vez que me hablaba a fondo de su proyecto desde hacía varios años, le solía decir: “Espero verlo antes de la Segunda Venida de Cristo o el Juicio Final.”

Soy testigo de que el querido amigo, el Dr. Hernández Aponte, es un historiador que se caracteriza por su examen minucioso de los datos, la rigurosidad de la investigación y sus publicaciones ricas en detalles factuales para sustentar su perspectiva histórica en torno al tema que esté tratando. Realmente, le considero un ejemplo a seguir en cuanto a la altura que debe tener todo académico dedicado a su disciplina.

El entorno educativo e historiográfico de Celestina Cordero Molina es la obra que comentaré, porque es la que tuve la oportunidad de leer completamente en torno a una figura de gran valor para la historia de la educación en Puerto Rico. Con mucha razón, tiene el prestigioso sello de la Asociación Puertorriqueña de Investigación de Historia de las Mujeres. Además de alentar al autor para su publicación, me enorgullezco de haber formado parte de este maravilloso proceso, aunque mi contribución haya sido muy modesta.

El libro tiene un hermoso prólogo de la Dra. Sandra E. Enríquez Seiders que sirve como un sello de calidad de la obra. Más adelante, el texto se divide en una introducción, cinco capítulos, una conclusión y varios apéndices. En la introducción, Hernández Aponte define el problema historiográfico, el tema a investigarse en el contexto de la historiografía puertorriqueña y el orden en que se discutirá cada asunto. En los capítulos 1 y 2, Hernández Aponte llama la atención de los historiadores y del público sobre la existencia de lo que se conoce como las “escuelas de amiga”. El capítulo 1 discute sobre varios de estos centros educativos en España e Hispanoamérica, y en el capítulo 2 se habla de las escuelas de amiga en Puerto Rico. Tengo que confesar que en mis estudios —admitidamente limitados— de historia de nuestro archipiélago, nunca había escuchado de las “escuelas de amiga”. Para mi sorpresa, parece que ningún historiador ha tratado el tema en Puerto Rico y muchos expertos, que se enteraron por esta investigación, tampoco conocían este asunto. En este capítulo, el autor intenta dar cuenta del vacío historiográfico en Puerto Rico en relación con esta importante cuestión.

En el capítulo 3, Hernández Aponte nos relata sobre cómo las escuelas de amiga cumplieron un rol activo, aunque muy limitado, en la enseñanza dentro de las complejidades sociales que incidían en la dinámica educativa, prestándole atención a los estatus sociales y raciales en la sociedad de los siglos XVIII y XIX. A su vez, identifica a varias figuras reconocidas de la historia puertorriqueña como alumnos de escuelas de amiga y nombra a sus maestras. En el capítulo 4, coloca a Celestina dentro de esa realidad de la existencia de las escuelas de amiga, que tenía un acercamiento heterogéneo a la enseñanza de las niñas. El nivel de detalles ofrecidos por la investigación de Hernández Aponte hace de este libro una referencia imprescindible para entender el desarrollo de la educación en Puerto Rico durante esta época. Además, logra identificar a algunas de las alumnas de la escuela de Celestina —aunque aclara que no sabe si fueron alumnas directas o vía sus asistentes—, entre ellas a mi tatarabuela materna, Carmen Alcalá, la madre de José Celso Barbosa.

El capítulo 5 es, tal vez, el más controversial de todos (aunque no debería serlo). Aquí, Hernández Aponte hace un recorrido crítico de la literatura historiográfica puertorriqueña en relación con Celestina, haciendo señalamientos a aserciones que, aunque bienintencionadas, son factualmente erradas. Por ejemplo, a la luz de sus hallazgos en cuanto a las escuelas de amiga y otros organismos educativos, el autor señala como falso que Celestina haya sido la primera mujer educadora puertorriqueña o que hubiera sido una visionaria que inició un movimiento para establecer escuelas de educación de niñas. Asimismo, apunta a unas serias deficiencias en metodología y uso de ciertas fuentes. Como constata el autor, hubo instancias en las que no se aprovecharon al máximo, se hicieron aserciones sin mencionar la documentación pertinente o sin respaldarlas con fuentes primarias. En otras ocasiones, no se revisó el material primario y secundario, se cayeron en anacronismos o se atribuyeron actitudes, causas y patrones de pensamiento de la segunda mitad de los siglos XX y comienzos del XXI a una figura de comienzos del siglo XIX. En múltiples instancias, no se comprendió bien el contexto social de la época y se repetían afirmaciones sobre Celestina sin la debida corroboración. Varias veces, estas investigaciones se dejaban guiar por el interés loable de presentarle al público una mujer que estuviera a la par con Rafael Cordero, al menos en cuanto a que Celestina debía ser la mujer pionera del derecho a la educación y, con ese fin, enseñaba gratis educación de las niñas. Sin embargo, como revela esta valiosa investigación, sencillamente, hubo otras mujeres “de color” educadoras antes y durante el periodo en el que Celestina se dedicaba a la enseñanza de niñas.

Aunque hay elementos críticos también en los demás capítulos a ciertos historiadores, este capítulo ha sido duramente criticado por algunas de las personas mencionadas y, a mi juicio, sin razón alguna. En la historia, como en toda ciencia, abundan las críticas a aspectos metodológicos, de evaluación cuantitativa y cualitativa de la evidencia disponible, críticas de marco teórico, entre otros. Cuando un autor o autora hace un planteamiento histórico en el mundo de la academia, la persona debe estar abierta a la crítica que se le haga a su trabajo. Si la refutación resulta no ser adecuada, siempre se puede responder presentando evidencia y elaborando nuevos argumentos. Así se trabaja en la academia.

Sin embargo, en ocasiones —a veces sin estar conscientes de ello— se cae en la mentalidad hagiográfica de querer presentar a una persona particular como la viva encarnación de todos los valores positivos futuros, haciéndole una visionaria de causas nobles posteriores. Por ejemplo, a veces, se suele presentar a Celestina como una mujer que luchó por el “derecho a la educación”, pero, cuando se le mira en su contexto social, era una cristiana que quería llevar a cabo una obra de misericordia y caridad dentro de una realidad compleja social puertorriqueña del siglo XIX. Puede ocurrir que, en un sentido patriótico, se quiera crear una figura idealizada, ejemplar para fines de afirmación cultural, y que esto guíe el trabajo de algunos historiadores. En tales casos, hay unas grandes inversiones emocionales de tiempo y esfuerzo. Por eso, cuando aparece una crítica rigurosa, pero debida, la reacción puede ser negativa. Por esto, no se puede eximir a ningún historiador de su responsabilidad en cuanto a la seriedad que implica la rigurosidad metodológica y de la búsqueda honesta de evidencia para sustentar sus planteamientos y hallazgos.

Cometer errores, muchas veces sin querer, no es por sí nada degradante. Recuerdo algo que nos dijo el filósofo Karl Popper cuando hablaba de los procesos de discusiones científicas: la ciencia no suele comenzar con el acierto, sino con el error. Aquellos familiarizados con la historiografía en general y la de Puerto Rico en particular conocen muy bien que nuevas generaciones de historiadores desmontan los marcos conceptuales, las metodologías y las convicciones históricas anteriores. Esto no se debe a puros caprichos de académicos que quieren “ensuciar el nombre” de los anteriores. La historia, como toda ciencia, tiene el deber ético de ir depurando esos errores y presentar nuevas perspectivas con las que se pueden reevaluar datos ya vistos o descubrir unos nuevos para la edificación de esa gran narrativa que es la Historia de Puerto Rico. El autor mismo está consciente de esto. Es más, en algunos lugares de su obra, da a entender que puede darse la posibilidad de que historiadores posteriores revisen aspectos de su marco teórico, clasificaciones y hallazgos.

En cuanto a varias de las críticas que están circulando en línea, solo me limito a decir lo siguiente. El esconder este hecho a fin de realzar solamente el nombre de Celestina o por “salvaguardar” la reputación de historiadores o historiadoras anteriores conlleva esconder también el descubrimiento de las escuelas de amiga en Puerto Rico, y la participación de otras valiosísimas mujeres que llevaron a cabo tan importante labor. Esta no es una obra que intenta degradar a nadie, sino que, al revés, realza la encomiable labor que hasta este momento había permanecido invisible en el radar histórico de Puerto Rico. Creo que deshonraría la memoria de Celestina si se usara su nombre para esconder los de otras, tales como Paula Molinero López, Juana Polanco, Josefa Echevarría y María Dolores Araujo, algunas o todas ellas de tez “negra”. Previo a ser reclutadas por el gobierno en 1799 para educar a niñas, probablemente eran maestras de escuelas de amiga en Puerto Rico a finales del siglo XVIII. Celestina estableció su escuela de amiga en 1802 y más tarde se le concedió el puesto como maestra por el Cabildo de San Juan en 1820, suceso que coincidió con la muerte de Juana Polanco. Es decir, Celestina formó parte de ese avance educativo importante durante las primeras décadas del siglo XIX. Tampoco debemos olvidar a las maestras de escuelas de amiga y otras que son mencionadas a través de todo el libro y que estuvieron educando durante el siglo XIX. Repito, la decisión de que se llevara el sello de la Asociación Puertorriqueña de Investigación de Historia de las Mujeres no puede ser más acertada.

Con base en eso, en mi humilde opinión, se le debe dar la bienvenida a un proyecto como este, que procura entender y colocar en su contexto a una mujer que, sin duda alguna, contribuyó a la educación de las niñas dentro de su realidad concreta e histórica.


3 thoughts on “Comentario a un reciente libro sobre Celestina Cordero Molina

  1. Penosa la crítica del autor al trabajo de esta mujer reivindicada por el trabajo de otras mujeres cuyo trabajo también es criticado por Hernández Aponte. Más penosa la validación que hace la Asociación de Puertorriqueña de Investigación de Historia de las Mujeres endosando con su sello y prologando este libro.

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    1. Difiero muy respetuosamente, colega. Parte de la labor de los historiadores es la crítica a otros historiadores. No vi en el libro, en ningún momento, alguna falta de respeto a ninguna historiadora. Las críticas se ceñían exclusivamente a los acercamientos teóricos, metodológicos y de evaluación u omisión de la evidencia disponible. No vi insultos, ni “regaños”, ni degradaciones personales a historiadoras. Este tipo de críticas a otros historiadores es estándar en la academia.

      Ahora bien, como dije en mi comentario, si las personas criticadas piensan que el Dr. Hernández Aponte hizo un mal trabajo, que presenten argumentos históricos, con bases historiográficas sólidas, para refutarle. Esa es la invitación que la academia hace continuamente cuando aparecen obras como esta.

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